TEXTO: La fundación de Oviedo por Alfonso II (791-842)
El
rey Alfonso, como fuese de mucha castidad de alma y de cuerpo, mereció obtener del señor un arca
conteniendo diversas reliquias de
santos. La cual arca fue transportada en un navío desde Jerusalén,
permaneció por espacio de algún tiempo
en Sevilla, y luego, durante cien años, en Toledo. Como otra vez oprimiesen los
moros cuando ya nadie se les resistía,
los cristianos arrebataron secretamente
el arca de Dios y por sitios excusados llegaron hasta el mar, y puesta allí en una nave, guiándolos Dios
abordaron el puerto de Asturias, cuyo
nombre es Subsalas, por aquello de tener cerca y encima la regia ciudad
de Gijón. Más el rey Alfonso, luego que se vió divinamente enriquecido con gran dávida, en lugar de la pérdida Toledo, decretó
fabricar una sede para la venerable arca.
Para
realizar este plan, dejadas las otras atenciones y ansiándolo más y más cada
día, desde entonces por espacio de treinta años fabricó una iglesia en Oviedo de admirable obra, en honor de San
Salvador, y en ella, a los lados derecho
e izquierdo del altar mayor, construyó dos grupos de a seis altares dedicados a los doce Apóstoles. No menos
llevó a efecto un santuario de la
bienaventurada madre de Dios y virgen María, con pareja estructura y
tres cabeceras. Hizo también una
basílica de Santa Leocadia, cubierta con obra de bóveda, sobre la que se hiciese una cámara,
donde en el lugar más excelso fuese
adornada por los fieles el arca santa. Y además fundó con bella obra una
iglesia del bienaventurado mártir de
Cristo, Tirso, en el mismo recinto. Edificó, a
distancia de un estadio de la iglesia de San Salvador, un templo de los
santos Julián y Basilisa, adjuntándole a
uno y otro lado capillas dispuestas en admirable composición. Por cierto que si llegase a enumerar uno por
uno los ornamentos de dicha cámara, disertación tan prolija me llevaría
desviado harto lejos de lo que empecé.
Más por la magnitud del milagro, la
angélica cruz sea sacada a plaza.
Pues
como cierto día Alfonso, rey casto y piadoso, tuviese por acaso en la mano cantidad de esplendídisimo oro y
algunas piedras preciosas, comenzó a
pensar como podía ser hecha una cruz con
ello para servicio del altar del Señor.
Así, con este propósito, tras la participación del cuerpo y sangre de Cristo, según costumbre,
ya enderezaba sus pasos hacia el palacio
real por la comida, llevando el oro en la mano, se le aparecieron dos ángeles
en figura de peregrinos, fingiendo ser artífices, al momento, les entregó el
oro y las piedras, señalándoles mansión donde pudiesen trabajar. Lo demás
parece cosa maravillosa, después de los Apóstoles hasta nuestros tiempos;
porque vuelto sobre sí el rey en la misma corta espera de la comida, inquiere a
qué personas diera el oro, y al punto comenzó a enviar un agente tras otro para
que observasen qué hacían los desconocidos artífices. Ya los servidores se
acercaban a la casa del taller, cuando de improvisto tanta luz hizo
resplandecer el interior de toda la
casa, que, por decirlo así, no fábrica humana, sino la salida del sol parecía
por la extremada claridad. Pero mirando hacia dentro por una ventana los que
habían sido enviados, (vieron que) idos los angélicos maestros, la cruz sola, llevada a cabo y puesta en
medio, irradiaba como un sol en aquella
casa; por donde abiertamente consta entenderse que ella fue hecha por
divina y no humana aplicación. Lo que oyendo el devotísimo rey, dejado el
servicio de mesa, corrió con incansable paso, y dando gracias a Dios con loores
e himnos por tan gran beneficio, según
cumplía, puso reverentemente dicha venerable
cruz sobre el altar de San Salvador.

No hay comentarios:
Publicar un comentario