PRESENTACION
Se
nos presenta para su comentario un mapa histórico corocromático en el que
aparece representado el espacio geográfico de Europa, norte de África y una
pequeña franja del oeste de Asía, entorno al Mar Mediterráneo y el Mar Rojo
ANÁLISIS-LECTURA
En
él la línea Roja marca los límites del Imperio Romano, la roja discontinua la
división entre el Imperio Romano de Oriente y el de Occidente y los puntos
(Roma y Constantinopla) sus capitales. Estas referencias nos permiten concretar
sus límites cronológicos entre el año 395, año en el que Teodosio, a su muerte,
dividió el Imperio entre sus hijos, y el año 476 en el que desaparece el Imperio
Romano de Occidente a causa de las invasiones bárbaras.
COMENTARIO
El Imperio Romano alcanzó su mayor extensión en el año 117 en
tiempos del emperador Trajano. momento en que abarcaba desde el océano
Atlántico al oeste hasta las orillas del mar
Caspio, el mar Rojo y el golfo Pérsico al este, y desde el desierto del
Sahara al sur hasta las tierras boscosas a
orillas de los ríos Rin y Danubio y la frontera con Caledonia al norte. Su superficie máxima estimada sería de
unos 6,5 millones de km².
Pero como hemos dicho, el límite cronológico hemos de
situarlo en el año 395,
año en el que murió el emperador Teodosio I, dejando en herencia el trono a sus
dos hijos. A Arcadio le correspondió Oriente y a Honorio Occidente. A partir de
ese momento, el imperio romano quedó definitivamente dividido a efectos
administrativos en mitades, que, a medida que fue aumentando la presión de los
bárbaros sobre las fronteras a lo largo del siglo V, empezaron a reaccionar de
manera significativamente distinta. El año 395 constituye, pues, un auténtico
momento crucial en la definitiva separación de Oriente y Occidente.
Hasta
esa fecha y desde la época de Diocleciano (284-305), el Bajo Imperio había
constituido una unidad que abarcaba todas las provincias ribereñas del
Mediterráneo y otras muchas bastante más remotas (véase el mapa 1). Por
occidente llegaba hasta Britania e incluía la totalidad dela Galiae Hispania;
por el norte, sus confines se extendían por Alemania y los Países Bajos hasta
alcanzar, bordeando el Danubio, las costas del mar Negro; Dacia, situada al
otro lado del Danubio y anexionada al imperio por Trajano a comienzos del siglo
II, fue abandonada a finales del III debido a las sucesivas invasiones de los
godos, pero, al margen de este hecho, el imperio de Diocleciano era en buena
medida idéntico en extensión al de los días felices de los Antoninos. Por el
este, llegaba hasta la parte más oriental de Turquía y los confines del imperio
persa sasánida, mientras que por el sur, sus posesiones se extendían desde
Egipto a Marruecos y el estrecho de Gibraltar; durante el siglo IV, el África
septentrional romana —las actuales Argelia y Tunicia— se convirtió en una de
las regiones más prósperas del imperio.
Las pérdidas territoriales irreversibles, no obstante,
comenzaron en el 386con una invasión en gran escala de godos y otros pueblos. El 395, tras imponerse en dos guerras civiles destructivas, Teodosio
I falleció, dejando un ejército colapsado y al
imperio, todavía plagado por godos, dividido entre sus dos hijos incapaces.
Para el año 476, cuando Odoacro depuso al emperador Rómulo, el emperador romano de Occidente ejercía un
insignificante poder militar, político y financiero, y carecía de control
efectivo sobre los dispersos territorios en Occidente que aún podrían ser
descritos como "romanos". Los invasores "bárbaros"
establecieron su propia autoridad en la mayor parte del área del Imperio de
Occidente. Aunque su legitimidad sobrevivió durante varios siglos más, y su
influencia cultural persiste hasta el día de hoy, el Imperio de Occidente nunca
tuvo la fuerza para levantarse de nuevo.
Las
provincias del Imperio romano instauradas por Diocleciano
En
tiempos de Diocleciano, pese a seguir siendo la sede del senado, Roma había
dejado de ser la capital administrativa de aquel vasto imperio; los emperadores
se trasladaban de una «capital» a otra —Tréveris en Germania, Sirmium o
Sérdica, en la zona del Danubio, o Nicomedia en Bitinia—, llevando tras de sí
toda la maquinaria administrativa. A finales del siglo IV, sin embargo, las
principales sedes del gobierno eran Milán en Occidente y Constantinopla en
Oriente (véase el capítulo 1). El imperio estaba dividido además desde el punto
de vista lingüístico, por cuanto, pese a que el latín siguió siendo hasta el
siglo VI e incluso más tarde la lengua «oficial» del ejército y el derecho, en
Oriente la lengua de las clases cultas era fundamentalmente el griego. Latín y
griego, sin embargo, coexistían con otras muchas lenguas locales, como por
ejemplo el arameo en Siria, Mesopotamia y Palestina, copto —egipcio demótico
escrito en un alfabeto compuesto fundamentalmente por caracteres griegos— en
Egipto, o las lenguas de los nuevos grupos que habían venido estableciéndose
dentro de los límites del imperio a lo largo del siglo III y sobre todo del IV,
una de las cuales era el gótico. Ya desde los inicios de la época imperial, lo
normal en Oriente había sido que circularan versiones griegas de las leyes, y
siempre había sido habitual traducir a esta lengua las cartas del emperador y
demás documentos oficiales, de suerte que la administración imperial se las
había arreglado para funcionar bastante bien a pesar de semejante galimatías
lingüístico. A partir del siglo III, en cambio, las culturas vernáculas
empezaron a desarrollarse con especial vigor en diversas regiones, hasta que la
división final entre Oriente y Occidente acabó convirtiéndose también en una
definitiva división lingüística; como se ha subrayado en varias ocasiones, el
griego de san Agustín no era demasiado bueno, y sus obras, escritas en latín,
no las leían los cristianos de Oriente (Averil Cameron. El Mundo del
Mediterráneo en la Antigüedad Tardía. Ed. Crítica. Barcelona, 1998.
Pág. 8-9)
CONCLUSIÓN
Y finalmente, y para concluir señalar, como hace E. Gibbon que la
historia de la ruina del Imperio romano debemos verla como algo simple y obvia,
tano es así que para él “en lugar de preguntar por qué el
Imperio romano fue destruido, deberíamos más bien sorprendernos de que haya
subsistido tanto tiempo. Las legiones de reconocimiento, que, en guerras
lejanas, adquirieron los vicios de los extranjeros y mercenarios, primero
oprimían la libertad de la república, y después violaron la majestuosidad de la
púrpura. Los emperadores, deseosos de asegurar su seguridad personal y la paz
pública, se limitaron a corromper la disciplina de las tropas que intimidaba
tanto al soberano y como a los enemigos; la potencia del gobierno militar se
relajó, y finalmente se disolvió, por las instituciones parciales de Constantino;
y el mundo romano se vio abrumado por una avalancha de bárbaros” (Edward
Gibbon. The Decline and Fall of the Roman Empire, "General
Observations on the Fall of the Roman Empire in the West", capítulo 38).

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