sábado, 23 de febrero de 2019

Oposición Geografía e Historia. Prácticas Historia. Historia Antigua: Comentario Mapa división Imperio Romano.

Oposición Geografía e Historia. Prácticas Historia. Historia Antigua: Comentario Mapa división Imperio Romano. 



PRESENTACION
Se nos presenta para su comentario un mapa histórico corocromático en el que aparece representado el espacio geográfico de Europa, norte de África y una pequeña franja del oeste de Asía, entorno al Mar Mediterráneo  y el Mar Rojo  
ANÁLISIS-LECTURA
En él la línea Roja marca los límites del Imperio Romano, la roja discontinua la división entre el Imperio Romano de Oriente y el de Occidente y los puntos (Roma y Constantinopla) sus capitales. Estas referencias nos permiten concretar sus límites cronológicos entre el año 395, año en el que Teodosio, a su muerte, dividió el Imperio entre sus hijos, y el año 476 en el que desaparece el Imperio Romano de Occidente a causa de las invasiones bárbaras.
COMENTARIO
El Imperio Romano alcanzó su mayor extensión en  el año 117 en tiempos del emperador Trajano.  momento en que abarcaba desde el océano Atlántico al oeste hasta las orillas del mar Caspio, el mar Rojo y el golfo Pérsico al este, y desde el desierto del Sahara al sur hasta las tierras boscosas a orillas de los ríos Rin y Danubio y la frontera con Caledonia al norte. Su superficie máxima estimada sería de unos 6,5 millones de km².
Pero como hemos dicho, el límite cronológico hemos de situarlo en el año 395, año en el que murió el emperador Teodosio I, dejando en herencia el trono a sus dos hijos. A Arcadio le correspondió Oriente y a Honorio Occidente. A partir de ese momento, el imperio romano quedó definitivamente dividido a efectos administrativos en mitades, que, a medida que fue aumentando la presión de los bárbaros sobre las fronteras a lo largo del siglo V, empezaron a reaccionar de manera significativamente distinta. El año 395 constituye, pues, un auténtico momento crucial en la definitiva separación de Oriente y Occidente.
Hasta esa fecha y desde la época de Diocleciano (284-305), el Bajo Imperio había constituido una unidad que abarcaba todas las provincias ribereñas del Mediterráneo y otras muchas bastante más remotas (véase el mapa 1). Por occidente llegaba hasta Britania e incluía la totalidad dela Galiae Hispania; por el norte, sus confines se extendían por Alemania y los Países Bajos hasta alcanzar, bordeando el Danubio, las costas del mar Negro; Dacia, situada al otro lado del Danubio y anexionada al imperio por Trajano a comienzos del siglo II, fue abandonada a finales del III debido a las sucesivas invasiones de los godos, pero, al margen de este hecho, el imperio de Diocleciano era en buena medida idéntico en extensión al de los días felices de los Antoninos. Por el este, llegaba hasta la parte más oriental de Turquía y los confines del imperio persa sasánida, mientras que por el sur, sus posesiones se extendían desde Egipto a Marruecos y el estrecho de Gibraltar; durante el siglo IV, el África septentrional romana —las actuales Argelia y Tunicia— se convirtió en una de las regiones más prósperas del imperio.
Las pérdidas territoriales irreversibles, no obstante, comenzaron en el 386con una invasión en gran escala de godos y otros pueblos. El 395, tras imponerse en dos guerras civiles destructivas, Teodosio I falleció, dejando un ejército colapsado y al imperio, todavía plagado por godos, dividido entre sus dos hijos incapaces. Para el año 476, cuando Odoacro depuso al emperador Rómulo, el emperador romano de Occidente ejercía un insignificante poder militar, político y financiero, y carecía de control efectivo sobre los dispersos territorios en Occidente que aún podrían ser descritos como "romanos". Los invasores "bárbaros" establecieron su propia autoridad en la mayor parte del área del Imperio de Occidente. Aunque su legitimidad sobrevivió durante varios siglos más, y su influencia cultural persiste hasta el día de hoy, el Imperio de Occidente nunca tuvo la fuerza para levantarse de nuevo.
Las provincias del Imperio romano instauradas por Diocleciano
En tiempos de Diocleciano, pese a seguir siendo la sede del senado, Roma había dejado de ser la capital administrativa de aquel vasto imperio; los emperadores se trasladaban de una «capital» a otra —Tréveris en Germania, Sirmium o Sérdica, en la zona del Danubio, o Nicomedia en Bitinia—, llevando tras de sí toda la maquinaria administrativa. A finales del siglo IV, sin embargo, las principales sedes del gobierno eran Milán en Occidente y Constantinopla en Oriente (véase el capítulo 1). El imperio estaba dividido además desde el punto de vista lingüístico, por cuanto, pese a que el latín siguió siendo hasta el siglo VI e incluso más tarde la lengua «oficial» del ejército y el derecho, en Oriente la lengua de las clases cultas era fundamentalmente el griego. Latín y griego, sin embargo, coexistían con otras muchas lenguas locales, como por ejemplo el arameo en Siria, Mesopotamia y Palestina, copto —egipcio demótico escrito en un alfabeto compuesto fundamentalmente por caracteres griegos— en Egipto, o las lenguas de los nuevos grupos que habían venido estableciéndose dentro de los límites del imperio a lo largo del siglo III y sobre todo del IV, una de las cuales era el gótico. Ya desde los inicios de la época imperial, lo normal en Oriente había sido que circularan versiones griegas de las leyes, y siempre había sido habitual traducir a esta lengua las cartas del emperador y demás documentos oficiales, de suerte que la administración imperial se las había arreglado para funcionar bastante bien a pesar de semejante galimatías lingüístico. A partir del siglo III, en cambio, las culturas vernáculas empezaron a desarrollarse con especial vigor en diversas regiones, hasta que la división final entre Oriente y Occidente acabó convirtiéndose también en una definitiva división lingüística; como se ha subrayado en varias ocasiones, el griego de san Agustín no era demasiado bueno, y sus obras, escritas en latín, no las leían los cristianos de Oriente (Averil Cameron. El Mundo del Mediterráneo en la Antigüedad Tardía. Ed. Crítica. Barcelona, 1998. Pág. 8-9)
CONCLUSIÓN
Y finalmente, y para concluir señalar, como hace E. Gibbon que la historia de la ruina del Imperio romano debemos verla como algo simple y obvia, tano es así que para él “en lugar de preguntar por qué el Imperio romano fue destruido, deberíamos más bien sorprendernos de que haya subsistido tanto tiempo. Las legiones de reconocimiento, que, en guerras lejanas, adquirieron los vicios de los extranjeros y mercenarios, primero oprimían la libertad de la república, y después violaron la majestuosidad de la púrpura. Los emperadores, deseosos de asegurar su seguridad personal y la paz pública, se limitaron a corromper la disciplina de las tropas que intimidaba tanto al soberano y como a los enemigos; la potencia del gobierno militar se relajó, y finalmente se disolvió, por las instituciones parciales de Constantino; y el mundo romano se vio abrumado por una avalancha de bárbaros” (Edward Gibbon. The Decline and Fall of the Roman Empire, "General Observations on the Fall of the Roman Empire in the West", capítulo 38).

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