Introducción-descripción.
La imagen nos muestra una escultura exenta de bulto
redondo, aunque con un único punto de vista frontal. Es una obra de reducidas dimensiones:
53, 70 cm. de altura, 44 cm. de anchura
y 35 cm. de profundidad.
Se trata de la
conocida escultura del “escriba sentado” del Louvre. Podemos observar la figura completa de un hombre
sentado sobre sus piernas cruzadas. Presenta rigidez en la expresión y en el
modelado de la figura. Viste únicamente un faldellín y, por el único pie que
muestra, carece de calzado. Se halla en la actitud de escribir, desplegando un
rollo. Se supone que en la mano derecha sostendría un cálamo a modo de pluma
con el cual escribiría, pero este objeto se ha perdido. La pieza presenta
algunos otros deterioros, pero se halla en buen estado de conservación. Así se
ha preservado el zócalo de forma que le sirve de pedestal.
Análisis
formal y estilístico.
Dada la existencia de policromía dificulta la
identificación del material sobre el cual está esculpida la figura, pero la porosidad
del material y la rigidez en su modelado nos indican que se trata de piedra,
muy posiblemente caliza.
Desconocemos si el autor realizó previamente un modelo
de la misma en arcilla o cera. La escultura está labrada con cincel y martillo,
y la superficie fue pulida y alisada para ser tratada con una capa de yeso a
modo de estucado, lo que le confiere la sensación de suavidad al tiempo que
facilita la policromía. Los colores empleados resultan bastante planos. Tal
como es típico en la plástica egipcia se ha empleado un tono ocre rojizo para
representar la piel, color gris oscuro, casi negro, para el cabello y las cejas
y un blanco inmaculado para el faldellín.
Para dotar de una mayor expresividad a la figura los
ojos se han realizado incrustando otro tipo de piedra. El cabello simplemente
se señala con un ligero resalte. Recordemos que los antiguos egipcios, y otros
pueblos de la antigüedad, llevaban el pelo muy corto, casi rapado, porque
usaban regularmente pelucas.
Desde un punto de vista estético podemos señalar que
la figura muestra un grado de idealización notable, con los rasgos del rostro
regularizados, los hombros totalmente rectos, un tronco no muy bien resuelto
desde el punto de vista anatómico y numerosas incorrecciones en la postura de
las piernas y los pies. Se comprende que con esta idealización el artista optó
por representar la simetría y la regularidad en vez del naturalismo. Con todo
hay algunos detalles que revelan cierto realismo como los pliegues del tórax y
del vientre (que revelan obesidad) y las facciones del rostro que hace pensar
en una cierta individualización a modo de retrato. El canon empleado es el de
los dieciocho puños (ocho desde la cabeza hasta la cintura y diez para el resto
del cuerpo) propio del arte egipcio.
Pese a que el personaje parece disponerse a escribir,
no hay ninguna expresión de movimiento. La pieza está concebida para verse de
frente según los cánones de la ley de la frontalidad. El rostro de la escultura
expresa hieratismo e inexpresividad, esto es un gesto solemne caracterizado por
los ojos muy abiertos y una leve sonrisa, denominada arcaica o eginética.
En esta escultura el artista buscó la expresión
de la serenidad y la imitación de las facciones y expresión del personaje
retratado.
Respecto al estilo, la aplicación de la ley de
la frontalidad, el grado de la idealización y la indumentaria, nos indican que
la obra se encuadra dentro del arte egipcio. El arte egipcio se desarrolla en
el valle del Nilo entre el 3000 y el 500 A. C., bien que esta cultura pervivió
en el dominio persa, griego y romano hasta bien entrada la era cristiana. Esta
escultura se creó en el Imperio Antiguo (2700 – 2200 a. C.).
Contexto
histórico-artístico. - Función
Esta escultura en cuanto a su función combina el
retrato con la finalidad funeraria.
La civilización egipcia colocaba su base en la
agricultura que aprovechaba la crecida del Nilo. Se trataba de una sociedad
fuertemente jerarquizada, muy inmovilista y en la que el monarca, el faraón,
detentaba un poder absoluto. La monarquía egipcia y el sacerdocio se servían
del arte para transmitir su autoridad y, también, como recurso didáctico.
Los antiguos egipcios creían en la vida de ultratumba, y esta existencia ultraterrena
quedaba garantizada si el cadáver se conservaba seguro o si existían esculturas
que pudieran albergar el alma del difunto. Estas creencias explican la importancia
que concedieron a la estatuaria. Los faraones y las clases acomodadas
encargaban sus efigies a los artistas que solían representarlos con cierto
grado de idealización, pero reconocibles. Las imágenes se colocaban en el exterior
de la tumba, en una especie de capilla, para participar de ciertas ceremonias y
recibir ofrendas.
La pieza que comentamos rompe con algunas
convenciones del arte egipcio, en especial en lo relativo a la naturalidad en
los rasgos del difunto y en los signos de obesidad del personaje. Puede
extrañarnos que se represente sentado en el suelo, pero entonces los muebles
eran muy escasos y las sillas sólo se empleaban como tronos. Aún hoy comer en
el suelo es una práctica habitual en buena parte de África y Asia.
Representa a un escriba, persona que en la antigüedad
se encarga de redactar (normalmente al dictado), copiar textos, hacer las veces
de notario y realizar cálculos. En una época en la que la mayor parte de la
población era analfabeta y que no se conocía la imprenta su papel era
fundamental.
En el antiguo Egipto eran especialmente apreciados y
venían a ser constituir una clase social aparte, dentro de los grupos
privilegiados de esta civilización. Los escribas egipcios conocían los tres
tipos básicos de escritura: jeroglífica, hierática y demótica, bien que la más
empleada era la hierática, que se redactaba de derecha a izquierda, como
precisamente se observa en la escultura que comentamos, en la que parece que el
personaje se dispone a escribir al dictado.
Se entiende que existían diversas categorías dentro de
los escribas y que el retratado –cuya identidad se desconoce- debía ser un alto
funcionario o tal vez un miembro de la familia real, tal vez el hijo de algún
faraón. Con algún fundamento se ha supuesto que se trata de Pehernefer,
personaje de la cuarta dinastía, que desempeñó importantes cargos, pero se han
propuesto otras identificaciones.
Nada sabemos, en cambio, del escultor que realizó esta
obra maestra. Se recordará que los artistas en Egipto, como en el resto de
civilizaciones antiguas, eran considerados como simples artesanos y carecían de
toda consideración social.
La cronología de la pieza se establece en la cuarta
dinastía, entre el 2600 y el 2500 a. C., bien que algunos autores proponen
fechas más tardías.
La obra
fue hallada en la necrópolis de Saqqara, en el bajo Egipto, por el
arqueólogo francés Auguste Mariette en 1850. Nos consta que la tumba en la que
apareció se situaba junto a la avenida de esfinges del Serapeum.
Lamentablemente se ha perdido el diario de esa campaña arqueológica y por otra
parte hay que recordar que entonces las excavaciones resultaban poco metódicas.
De ahí que se desconoce el contexto arqueológico que rodeaba la pieza y que,
seguramente, habría servido para identificarla. El Museo del Louvre (París,
Francia) la adquirió en 1854, perteneciendo desde entonces a la colección de
este museo.
CONCLUSIÓN:
La obra que hemos comentado, una de las
más famosas y significativas de la estatutaria egipcia. Destaca por su belleza
basada en la sencillez de la obra que ha sabido representar con extrema
veracidad el oficio de escriba y nos muestra la calidad y perfección que
alcanzó la escultura egipcia ya durante el Imperio Antiguo. Asimismo el
realismo con la que es representada la obra muestra la existencia de dos
lenguajes estéticos en la escultura egipcia, uno más idealizado para
representar dioses y faraones y otro más realista para representar al resto de
la población y que también se manifiesta en las pequeñas esculturas de carácter
funerario que aparecen en mastabas y pirámides que recrean actividades de la
vida cotidiana.

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